viernes, 13 de diciembre de 2013

Testimonios (1958: II)





"Ya no estaba más aquella verdad absoluta 
de los mejores del mundo"
Por Enrique Macaya Márquez
Fragmento de su libro "Mi visión del fútbol"
 (Temas Grupo Editorial - 1996)



Allá en Malmoe

"La selección argentina estaba concentrada en Ramlosa Brum, un lugar al cual la gente concurría para tomar baños termales; un alojamiento poco lujoso situado en un parque de menores atractivos. Ese mismo hospedaje había sido rechazado por otras delegaciones, entendiendo que no servía a los fines de un seleccionado. 
Había un desconocimiento generalizado que, partiendo de los dirigentes, siguiendo por el cuerpo técnico y terminando en los periodistas, apuntaba a marcar con trazos muy fuertes una ignorancia abarcativa de ese presente en la competencia internacional. Poco se sabía de organización propia, menos aún de la ajena. (Brasil inauguró, con el aporte del Dr. Joao Carvalhais, la intervención directa de un psicólogo en un grupo de alta competencia).

En medio de algunos entrenamientos salpicados por gestos de indisciplina casi infantiles y poco graves, la selección seguía a la espera de Labruna -que llegaría en lugar de Zárate, lesionado en Italia durante la gira previa- y del debut frente a la Alemania campeona en Suiza en 1954. En el estadio de Malmoe, inaugurado ese día, la Argentina cambió su tradicional camiseta rayada por una lisa amarilla, al perder el sorteo ante la decisión del árbitro Leafe de Inglaterra, quien temía confundir el blanco con vivos negros de los alemanes con los tradicionales colores albicelestes.

Cuando a los tres minutos Corbatta, el mejor puntero derecho que vi, alcanzó la primera ventaja, comenzó a inflarse la soberbia que por arriba del hombro y solamente con la mirada o el gesto sobrador, insistía en silencio: '¿no ven que somos los mejores del mundo...?'
El gordo Moreno me guiñó el ojo y buscando complicidad me dijo por lo bajo: 'Comenzá a contar que estoy ocupado...' A los 33 minutos Rahn y a los 42 Seeler, cerraron el primer tiempo y abrieron las puertas a nuestras dudas cercanas a la perplejidad. Faltando 10 minutos para el final, otra vez Rahn, y chau, definitivamente adiós para nuestro orgullo y nuestra ignorancia. Un regreso montado en la tristeza, casi sin hablar por la sorpresa y la frustración, metiéndonos cachetazos en nuestra vanidad, compartiendo los silencios ya muy lejanos de aquella alegría de los momentos previos.

Luego llegó la rehabilitación contra Irlanda del Norte. Y con tres cambios: Avio por Prado, Labruna por Rojas y Boggio por Cruz. Los 3 minutos jugados nos devolvían una selección perdiendo con gol de Mac Parland y nuevas angustias para nuestra colección. Penal que Corbatta metió a los 40 minutos y escapada al alivio del entretiempo. 
En la segunda etapa, en contra de los pronósticos, primero Menéndez y luego Avio instalaron en viaje de retorno apresurado el sentimiento natural de sabernos mejores, superiores, aunque costara un poco demostrarlo. Ese mismo día, en Halsingborg, Alemania y Checoslovaquia empataban dos a dos. El espía argentino, dirigente de Boca, -no se llevaban técnicos para colaborar: '¿Para qué?'- entregó un informe muy alentador basado en las flaquezas del próximo adversario: Checoslovaquia. Así nos fue. El 15 en la  misma cancha.

Como siempre, llegamos temprano al pequeño y viejo aunque remodelado estadio de madera y, también como siempre, nos mezclamos con un público pacífico casi desentendido de lo que podía pasar.
En la primera jugada del ataque checo, Molnar le pega desde afuera del área y casi la pone afuera de la cancha. Otra vez el guiño del gordo, al que ahora se sumaba mi respuesta: 'Papita pal loro' -le dije. Antes de los 40 minutos perdíamos 3 a 0. Me quería morir. Terminó el sufrimiento casi al mismo tiempo en que nacía otra época para el fútbol argentino.


Un muy joven Macaya en su viaje hacia Suecia 58, su primer Mundial como periodista deportivo (Fotografía
 perteneciente a "Mi visión del fútbol", con autoría del mismo periodista. Temas Grupo Editorial - 1996)




El adiós a los mejores

En la amarga vigilia de una noche sin cena, sin explicaciones, llena de angustiante frustración, después de tres años de abstinencia, volví a fumar. Allí sentí que todo estaba lejos, desde mis seres queridos, mis recuerdos, mis ilusiones, mi Buenos Aires, mi conocimiento, mi fútbol, hasta mi soberbia. Allí comencé a agitar el pañuelo para despedir definitivamente, con perplejidad y tristeza, una verdad absoluta que se alejaba en un tren con los pasajeros de la impotencia. Imaginé el andén vacío, yo parado frente al tipo de la mosqueta y las tres medias cáscaras de nuez preguntándome dónde estaba la verdad, adónde había viajado, por qué se había ido así, tan de golpe como la mina de un tango... Miré la cara del tipo en mi intento desesperado por encontrar algún gesto, alguna mirada que denunciara el escondrijo de la verdad por debajo de la cobertura de la nuez; me animé a elegir en un nuevo intento por acertar apuntando con mis ojos los dedos del malabarista tramposo. Decidido, le dije: 'aquí', casi poniendo el pie sobre su mano que apenas pudo dar vuelta la media cáscara para mostrarme la realidad. Y la realidad apareció: ya no estaba más aquella verdad absoluta de los mejores del mundo, quizá se había ido en el tren de los seis goles. Ahora aparecía desafiante la 'mentira absoluta' como dramática y latina referencia. Porque desde ese momento pasaríamos a ser los peores, con la urgencia de buscar nuevos modelos y copiar todo sin discernimiento previo, renunciando a todo lo que seguía siendo nuestro y sin separar lo útil de lo decididamente inservible.

Así empezó un nuevo tiempo para una producción nacional castigada hasta la exageración; la posibilidad importadora en lo que mucho se importaba y poco importaba. Del cristal al espejito, todo valía si venía de afuera.

En su regreso a Ezeiza, la selección argentina, después de lo que pasó a llamarse el desastre de Suecia, fue esperada por una multitud enardecida que le arrojó monedas -lo que es bastante decir- y le mostró los dientes de su disgusto. De aquí en adelante los jugadores mismos sufrirían el juicio popular, de gente mal informada, de una prensa muy acotada en sus conocimientos, que primero los elogió -con razón o sin ella- para después quemarlos en la pira que alejara los malos espíritus para siempre. Poco o nada de reflexión madura y mucho o todo de un sálvese quien pueda, por no haber sabido defender el prestigio del fútbol argentino en esta contienda internacional. Y creo que en el pecado está la penitencia: por no haber sabido... precisamente por eso, por creer saberlo todo cuando, en realidad, no se sabe nada.

Las nuevas corrientes tácticas y la predisposición al consumo de un nuevo discurso terminaron por volcar ingredientes, tan flamantes como de dudoso origen y calidad, sobre la mesa servida del fútbol argentino. El tremendismo metió la situación nueva en una apelación vieja. Todo lo viejo pasó a no servir y todo lo nuevo, a valer. De esta manera se inicia una etapa que desemboca en 1962, año del Campeonato Mundial de Chile.

Las monedas que llovieron sobre los jugadores, técnicos y dirigentes aquel día en Ezeiza, tenían acuñadas la cara de la frustración. Solo la mala puntería de esa misma gente que se sentía estafada quiso que los monedazos no alcanzaran al periodismo (nada más que por eso, por la mala puntería) ya que éste le habría sabido vender a muy buen precio un falso cargamento de ilusiones sin sustento.

Esa exteriorización pasional, violenta hasta la agresión, quedó registrada como el ademán de un sector que, de esta manera, rompía el vínculo de unión entre los protagonistas y el público, que en definitiva se sintió vengonzozamente representado.

Nadie invirtió un minuto en el análisis de la situación. ¿Qué había pasado con aquellos gladiadores que retornaban vencidos de una guerra a la que habían partido y llegado sin armas, sin sostén logístico, sin conocer el terreno de las operaciones ni a sus enemigo? Si les habían dicho que eran los más fuertes, los mejores equipados, los más vivos, los que no necesitaban conocer al enemigo. Si eran los mejores, ¿cómo habían fracasado estrepitosamente?

La moneda sin rasgos, anónima por fuera, que caía sobre las cabezas de aquellos pequeños soldados derrotados, era lanzada por odio por quienes también habían perdido y se sentían lastimados sin saber por qué. Comenzaban a comprender, sin saberlo, que el blanco eran ellos mismos, que buscaban su propio castigo en las figuras de esos otros para esconder el estrépito del cachetazo a su propia soberbia. Sí, se habían convencido de ser los mejores para todo, en un país en el que se comía como en ninguna otra parte, en donde todo se arreglaba con una cuota de picardía e ingenio, en el país del menor esfuerzo, el de tirar semillas al voleo porque total todo crece y se reproduce porque sí, en el país de... Dios. Pero la realidad los obligaba a realizar un mero ejercicio semántico o dialéctico, porque la verdad cotidiana les gritaba que no comían mejor que en otras partes, que el ingenio chiquito y la baja estatura de la picardía eran una excusa de vida muy corta y que jugaban de titulares porque no había otros mejores...

Esos jugadores que llegaban a Ezeiza no eran los mejores del mundo porque, sencillamente, en el viaje de ida tampoco lo habían sido. Les tocó salir a la cancha a diferencia de otros argentinos que ganaban otros partidos sin jugar. A aquéllos los había convocado la hora, les había llegado el turno; a éstos les tocaría más adelante, como si la historia demorara ex profeso su salida a la cancha reteniéndolos en un túnel vacío y oscuro.

Había llegado el momento de un nuevo tiempo cargado de necesidades y premuras que, naturalmente, iba a desembocar en un apresuramiento cuya consecuencia entregaría un diagnóstico superficial del fenómeno.

El precio de la falta de competencia internacional a favor de un supuesto resguardo político (no compito, ergo, no puedo perder) había ubicado al fútbol argentino en el confuso campo del desconocimiento, y lo había enfermado de urgencias para encontrar las soluciones adecuadas.








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