viernes, 25 de octubre de 2013

Testimonios (1930: III)



"¡Qué final! Carlos Gardel no se atrevió a verla"
Por Carlos Magnone
Periodista uruguayo
Enciclopedia Mundial del Fútbol
(Océano-Viscontea, 1981)



1930: Carlos Gardel llega con sus guitarristas a la concentración argentina en la Barra de Santa Lucia, en Montevideo, 
para alentar al plantel que 96 horas más tarde debutaba ante Francia en el primer Campeonato Mundial.
(Fatigandolugarescomunes.blogspot.com.ar)


"Cuando el arquitecto Juan Scasso presentó los planos del estadio Centenario, en el que se jugaría el primer Campeonato Mundial, en 1930, la eterna rivalidad futbolística rioplatense volvió a manifestarse: un autor argentino escribió una sátira teatral titulada '¿Qué hacemos con el estadio?' quizá pensando que un escenario con capacidad para decenas de miles de personas era inapropiado para un país tan escasamente poblado como Uruguay. 'Haremos lo de siempre: ganarles a los argentinos', fue la fulminante respuesta que llegó a Buenos Aires desde el otro lado del río. La pulla tenía su razón histórica, porque entre 1916 y 1929, en campeonatos sudamericanos y en la final olímpica de 1928, las dos selecciones se habían enfrentado doce veces con un saldo de seis victorias uruguayas, tres argentinas y tres empates. Casi estaban justificados los multitudinarios gritos '¡hi-jos nuestros, hi-jos nuestros!' con que fueron recibidos los 'albicelestes' cuando bajaron al césped del Centenario para disfrutar la final del Mundial. Grito de guerra futbolístico que, con gran pesar de los uruguayos, fue adoptado por los argentinos mediando los años 60, época en que su juego se hizo notoriamente superior al de sus tradicionales rivales.

Pero volvamos a la construcción del Centenario, obra deportiva sin precedentes hasta entonces. En seis meses se levantó lo que fue la primera etapa del proyecto, con capacidad para casi 60.000 espectadores. Sin las modernas máquinas que se utilizan ahora en la construcción, pero con el cariño que el fútbol puede despertar, los obreros uruguayos trabajaron día y noche -y esto no es un eufemismo- para que el escenario del Mundial estuviese a tiempo. Jules Rimet, presidente de la FIFA, fue el primer sorprendido ante la magnitud de la obra. Cuando se abrieron las puertas, en muchas partes el cemento todavía estaba fresco. El césped había sido secado con estufas para acelerar su implantación en la tierra. Pero eso poco importó ante la grandiosidad del Centenario, 'el coloso de cemento' como gustan llamarlo los uruguayos, el mayor coliseo destinado a la práctica del fútbol construido hasta esa fecha.

Eran otras épocas y era otro fútbol. La plantilla argentina para el Mundial se eligió por votación popular a través de encuestas de periódicos y revistas deportivas. Los futbolistas reconocieron que su único entrenamiento consistió en dar vueltas alrededor del campo de juego y que, en lo referente a la táctica, no existieron instrucciones. Cada uno jugaba como sabía...

El gran problema de Alberto Supicci, el seleccionador uruguayo, fue decidir quiénes serían los titulares entre tantos buenos jugadores. Claro que algunos nombres no resistían comparación; al capitán José Nasazzi, por ejemplo, ni siquiera se le nombró un posible suplente porque su ausencia era impensable... Scarone, interior derecho del Nacional, era otro caso insólito. Años después, siendo director técnico, no se explicaba cómo un jugador profesional podía fracasar en la ejecución de un penalty. Pero él tuvo un increíble sistema para practicar su disparo con vistas al Mundial de 1930: colgaba cinco balones del travesaño de la portería, y con otras pelotas iba rematando dese diferentes distancias y posiciones. 'Le daré a la segunda pelota', anunciaba el 'Gran Héctor' o el 'Mago', como lo llamaban sus admiradores, y el balón, impulsado por cualquiera de sus piernas, partía potente y certero hacía el objetivo. 'Ahora a la quinta, ahora a la pelota del medio'. Y así durante horas y horas; era algo más que un simple entrenamiento: se trataba de un espectáculo por sí mismo, algo fuera de serie.


Carlos Gardel, junto a los campeones del mundo
 (Crucerosenuruguay.blogspot.com.ar)



Aunque el partido final se desarrolló normalmente, el clima previo fue tenso. Se decía que los argentinos llevarían una segunda camiseta, debajo de la 'albiceleste', con la inscripción 'Argentina Campeón Mundial'. Al finalizar el partido -según una versión nunca confirmada- los jugadores se quitarían los colores nacionales y mostrarían al público uruguayo la seguridad que tenían en el triunfo desde antes de comenzar el partido, en un gesto que solo podía interpretarse, de haberse producido, como una provocación a los aficionados locales.

Las acusaciones mutuas, respaldadas por algunos periódicos, alimentaron la hoguera que ardió durante los días anteriores al match. Los uruguayos imputaban a los 'porteños' fanfarronería, orgullo desmedido y falta de valentía; los bonaerenses respondían llamando 'matones' a los uruguayos, a quienes además atribuían un complejo de inferioridad basado en las diferencias territoriales y económicas entre ambos países.

De todas formas varios barcos repletos de aficionados argentinos cruzaron el río más ancho del mundo. Muchos fanáticos no llegaron a tiempo para presenciar el partido, y aún se atribuye el hecho a la mala voluntad de los funcionarios del puerto de Montevideo. Los hinchas que quedaron en Buenos Aires se reunieron en torno a un altavoz instalado por el periódico 'La Prensa', donde un locutor leía los cables que llegaban a la redacción. Con voz pausada detallaba las principales jugadas en medio de un silencio de muerte.

Los temores en torno a la final eran tales, que Carlos Gardel, idolatrado en ambos países tanto como los futbolistas, visitó a los dos equipos antes del partido; pero prefirió no asistir a la lucha, para no presenciar posibles incidentes entre dos pueblos que él tanto quería. Por suerte todo transcurrió dentro de la relativa normalidad de estas lides. Los uruguayos festejaron ruidosamente su primer Mundial, y los argentinos retornaron tristes, a la espera de una ocasión que tardaría 48 años en concretarse."






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